domingo, 5 de octubre de 2014

-Detén el tren -gritó....¡¡

El tren entró en la estación.Orán se convirtió al punto en un deslumbrante bazar de
tintineante música oriental, haciendo rebosar el aire de distintos sonidos eróticos. Carillones,
redobles de percusión tan sensuales como los giros de las caderas de una mujer, cuerdas
vibrantes y esa combinación, que penetra hasta los huesos; de pandereta, cítara, platillos,
mandolina y clarinete. En el andén, una muchacha muy joven, que ni siquiera se había hecho
todavía mujer, bailaba siguiendo el ritmo de la música, con la esperanza de que los turistas
dejaran caer algunas monedas en los pliegues del velo que tendía hacia ellos.Observó
cómo un inglés fornido, de aspecto cansado, daba a la joven un puñado de monedas...
Demasiadas, a juicio de la joven , para una danza que no era más que de aficionada. Pero un
instante después dejó de prestar atención al inglés. Las morenas muñecas y las delgadas
manos de la joven aleteaban más cerca de la cara del hombre, el cual parecía incómodo. Una
ristra de brazaletes de cobre tintinearon en los brazos de la muchacha, que dio al viajero las
gracias con todo su cuerpo. Éste parpadeó y apartó la mirada, incapaz de aguantar los
movimientos eróticos con la misma indiferencia que el resto de la multitud. Aquello le
pareció divertido. La joven había aprendido tales movimientos en las rodillas de su madre, y
todas las mujeres de su raza los conocían de manera innata, era una reacción natural a las
cadencias de la música oriental. Un hombre de su país no habría apartado la mirada, porque
sabía apreciar esas cosas. Al no mirar, el inglés se estaba perdiendo una danza muy buena.
En el andén apareció una visión, de un blanco centelleante, con cintas azules y, en la cintura,
un cordón dorado. El rostro de alabastro de la joven brillaba como un diamante entre las
oscuras y veladas caras de la muchedumbre.
¿ Nostalgia ?  ¿ Presentimiento ?
-Sólo cuando se ha saboreado la quietud del desierto puede saberse lo que es ser. Y una vez
que se haya comprendido eso, la poesía de la vida jamás podrá hundirse en la prosa.

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